¿Qué es un símbolo?

[Artículo introductorio al curso de Símbolos Sagrados]

Villa de los Misterios

Un símbolo no sólo es un dibujo, un grafo, una representación geométrica, sino que también es su extensión. Del mismo modo que una casa no sólo es una casa, sino que también es la extensión en la que se vive de un plano que alguna vez fue diseñado por un arquitecto.

Aunque con lo simbólico solemos confundir el plano con la casa, el símbolo es más rico y más habitable en la proyección que tiene sobre la realidad. Es decir, quien camina por la calle no ve planos que se han levantado, ve fachadas, puertas, solares. Pero cuando mira un plano, también puede imaginar una casa, después de un esfuerzo de haber aprendido el lenguaje necesario. Si pudiésemos dibujar el plano de nuestro interior, descubriríamos que no hay uno, sino que hay cientos de planos. En la realidad no sólo existen los símbolos que pululan por el mundo, sino que dentro de nosotros hay un mundo de símbolos. Si confundimos el plano (lo que algunos llaman emblema) con el símbolo, despreciamos la expresión (la casa misma) y con ello la posibilidad de ver en las expresiones del pensamiento, un símbolo del pensamiento mismo, así como el mundo que el propio pensamiento imagina para habitar. Cuando escribo esto o imagino cualquier texto, es el pensamiento el que vuelve sobre sí mismo e imagina caminos tortuosos o vías diáfanas, construidas en la claridad y la indefensión inhabitable. Y el ser humano no ha dejado nunca de imaginar o de pensar. Esa riqueza puede volverse a mirar a través del símbolo ya que el pensamiento también piensa en casas concretas, que a la vez son ampliadas por los símbolos que habitan en ellas y ejemplos tenemos cientos. Desde la Villa de los Misterios de Pompeya, hasta el museo de la acrópolis de Atenas.

Atenas

Museo de la Acrópolis de Atenas

La inteligencia, sólo servida por lo racional, no consigue despegarse del suelo del materialismo y sin el símbolo, no podría desempeñar con la misma eficiencia su profundidad. En realidad, es la imaginación (que también pertenece a la inteligencia) un factor fundamental en nuestras vidas, no sólo por su vinculación con la niñez (que entonces sólo era una imaginación inmadura), sino por su poder de construir y de penetrar en la verdad, una verdad más allá de la materialidad o la seguridad emocional. La imaginación es parte del mundo de los símbolos, a veces como el aparejador de confianza que corrige los planos de la casa y vincula la teoría al terreno. Es, sin duda, la analogía la primera línea eficaz que vincula el símbolo con el emblema y estos dos con el atributo. Sin embargo, no se quedan en el mero atributo, sino que estos son planos de un mundo más amplio, de un mundo extenso que puede empezar a pensarse en busca de otro tipo de verdades.

Variaciones del escudo del Real Madrid. Fíjese como durante la II República desaparece la corona y se reinstaura en la dictadura de Franco.

Pese a nuestra confusión de símbolos por emblemas sentimos la fascinación rara por esos espacios, tan ajenos y, a la vez, tan presentes. Pero no todo emblema se convierte automáticamente en símbolo por tener un mensaje escondido o por corresponder a un grupo social. Un emblema, sólo es símbolo cuando tiene una suficiente carga del espíritu. No sólo emotiva, ya que, por ejemplo, los emblemas de equipos de fútbol son signos que transmiten una identificación y canalizan un odio que pueden llevar a las personas a rechazarse impersonalmente, a veces hasta la muerte. Pero incluso estos signos emblemáticos cambian con el tiempo, y sus cambios son motivados por la frivolidad, ya que se basan en lo que se considera “el gusto de la época”. Sin embargo el símbolo está unido, inevitablemente a un sentido religioso que no se transforma de la misma manera a lo largo del tiempo, sino que sigue una lógica particular. El emblema no es una contingencia política o moral, sino algo más profundo que estos valores de masa o personalidades.

Hablar de lo religioso es hoy un ámbito con trampa. Es habitual que, incluso en el caso más favorable, donde una persona se justifique como religiosa, sólo nos está diciendo que es una persona moral o moralista. No es común entender la religiosidad unida a la inteligencia o, lo que es peor, la relación harmónica que puede establecerse entre la profundidad intelectual y la experiencia de lo trascendente. El religioso parece, más bien, una opción de vida más del materialismo imperante que ha renunciado a ciertos espacios de la racionalidad y los explica, a su vez, con métodos racionalistas. Esto lleva a que ‘creyentes’ e incrédulos se puedan comportar de la misma manera y muchos aprovechen plataformas religiosas (ya establecidas o levantadas por ellos mismos) para banalizar la posibilidad de lo trascendente. Ambos se sirven de emblemas, pero no de símbolos. Esas morales (‘creyentes’ y no creyentes) están llenas de atributos, pero no se vinculan en realidad con la trascendencia. Hablan de una analogía, pero esta no es libre en el individuo. El signo de estos dos tipos de hombres es, sin duda, superior al hombre y no tiene más vínculo con el interior que cargas viscerales y materialistas.

Que los símbolos consignan una lógica se ha demostrado a lo largo del tiempo con su persistencia y su relatividad. Lo moldeable de sus emblemas, así como la profunda polisemia de sus significados, los invalidan en torno a la visión racionalista, pero esta polisemia es, en realidad, la misma esencia de su significado. Los símbolos permiten reflexionar e interiorizar las grandes preguntas y posiblemente son la ayuda que han dejado lúcidos buscadores anónimos que han pasado antes que nosotros detrás de esas verdades.

De esta manera todos lo símbolos tienen una raíz común: la conexión humana con lo intemporal. Así un símbolo puede expresar, con el mismo emblema, un atributo temporal en forma de un mapa espacial, que a la vez se corresponde con condiciones morales o metales alquímicos. Porque todo está unido, no sin lógica, un símbolo, cuando se muestra, vela el sentido oculto. Las acepciones emborronan su profundidad, como nuestra reflexión sobre un árbol no nos permite disfrutar del sonido del bosque.

Así un símbolo se parece más a una dirección, a una vía, a un camino, que a un punto, una región o una meta. El símbolo no puede ser estático, porque no es temporal, así como tampoco puede ser únicamente racionalista, debido a que es inteligencia. De tal forma, la explicación no puede ser materialista, ya que su trascendencia lo vincula a lo viviente. De este modo el símbolo no explica, sino que muestra, no desvela, sino que nos obliga a intuir, a imaginar. En realidad nos implica con la vida y nos propone que busquemos todos sus planos. Un símbolo es una forma de preguntarse, es, en todos sus planos, la unión de la pregunta y la respuesta.

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