Judit y Holofernes

Dicen que las historias se repiten, lo que no es del todo cierto. Un fotógrafo siempre podrá revelar que los detalles de la situación no eran los mismos, el plano no tenía nada que ver o que el mismo fotógrafo era otra persona.

Las historias se parecen y ahí está lo que nos salva del aburrimiento y presta vida a las historias de antes por las historias de ahora. Si tuviese que elegir una historia parecida a cómo he vivido (ahora) la foto elegiría la historia de Judit y Holofernes. La foto, tan pequeña y casi tímida, pasiva y elegida por una multitud como seductora máxima del reino va delante de un gigantón poderoso, tan despreciado como querido, al que me gustaría compararlo con la realidad.

La foto (Judit), ante Holofernes (la realidad), no está desvalida, tiene sus encantos y una espada para cuando la realidad se descuide. Judit no pudo permitirse el lujo de distraerse si quería conservar el pellejo. Y es en los descuidos de la realidad cuando Judit desenvaina y corta la cabeza del gigante dejando un cadáver enorme, horizontal, inmóvil, aún peligroso.

Esta es la diferencia entre las dos historias, porque las fotos que he colgado aquí para mí tienen ese último peligro de quedarse a dialogar con lo que ya ha pasado y parece que se repite, pese a los detalles.

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